El autoconcepto

Está escrito:

Jesús le contestó: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que estos. (Mc. 12: 29-31 Biblia de Jerusalén [en adelante, BJ]).

El evangelio según San Marcos no es el único registro bíblico de estas palabras de Jesús. También las mencionan San Mateo y San Lucas. Es más, Jesús está citando, del libro de Levítico, una declaración cuyo autor le atribuye al mismísimo Dios, ya que termina el pasaje diciendo Yo, Yahveh (Lv. 19: 18, BJ).

Generalmente, no hay dificultad en entender el mandato de amar a Dios y al prójimo. Pero, que Jesús diga que hay que amarse a uno mismo (una idea que pareciera pasarse por alto en el texto), llama la atención. Al fin y al cabo, él también aseguró que el que quiera ser el primero, debería ser el siervo de todos (Mr. 9:35, BJ), o que hay que dejar de lado la propia vida (Mr. 8: 35, BJ).

Tener amor propio pareciera contrario a estas últimas afirmaciones. Entonces, ¿cuál es la idea de Jesús de amarse a uno mismo? ¿Por qué es importante tener amor propio? ¿Cómo podemos comprender esta idea de amarse a uno mismo, como condición para amar a los demás; o sea, al prójimo?

Sin duda, Jesús se refiere al respeto por el valor de la propia persona; a la dignidad humana reconocida en uno mismo; al autoconcepto. (Catecismo de la Iglesia Católica [CIC], 2012. Kuzma, 2008. Papa Francisco, 2015).

El autoconcepto desde una cosmovisión bíblica cristiana

En el principio, creo Dios los cielos y la tierra […] Y dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra”. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó (Gn 1: 1; 26 y 27 BJ).

En el principio, el hombre [la raza humana] era perfecto (Redden y Ryan, 1967). Creado por Dios, a su imagen y semejanza. Es decir, persona que participaba “de Dios en su Ser, de su Poder y de su Señorío” (Rinaldi, 1979, p. 21). Como semejante a Dios, gozaba, entre otras cualidades, de libre albedrío y autoconciencia (Comentario Bíblico Adventista [CBA] TI, 1992).

Haciendo uso del libre albedrío, los primeros humanos decidieron desobedecer el mandato de Dios sobre el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn. 2: 17, BJ). Se declararon con propia y absoluta autonomía frente a Dios, buscando regirse por sus propias leyes y pretendiendo ser iguales a Dios (Rinaldi, 1979, Gn. 3: 5, BJ). Como consecuencia, la esencia humana, otrora perfecta, desde aquella fatídica decisión ahora tiende al mal; el hombre quedó sujeto al error (CIC, 2012).

Desde que se apartó de Dios por su propia voluntad, actuando contra su propia vida, el hombre ha permanecido en un estado de transgresión en el cual su “capacidad para decidir apropiadamente” ha quedado deteriorada. “Por eso se vuelve descuidado e irracional en la forma de tratarse a sí mismo y en la manera de relacionarse con los demás, con el entorno y con Dios” (Smith, 2014, p. 95).

En pocas palabras, el pecado perturbó la armonía entre Dios, la humanidad y toda la creación (Papa Francisco, 2015). Sin embargo, Dios nunca dejó a sus criaturas libradas a su propia suerte. Tampoco les guardó rencor, sino que ni bien el hombre desobedeció, él les reveló la redención (Gn. 3: 14 y 15, BJ); plan que ya estaba trazado desde antes de la creación del mundo:

Sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero, sin tacha y sin mansilla, Cristo, predestinado antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos a causa de vosotros; los que por medio de él creéis en Dios (I Pe. 1: 18-21, BJ).

Con la parábola de la oveja perdida, Jesús manifiesta cuán grande es el amor de Dios por el hombre. Él asegura que el Padre no quiere que nadie perezca (Mt. 18: 14, BJ, CIC, 2012). Esta misma idea se refuerza con las palabras de San Pablo, quien en su epístola a los romanos sentenció que “Cristo murió por los impíos” (Ro. 5: 6, BJ), y que, precisamente, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Ro. 5: 8, BJ).

Toda la vida de Cristo, sus hecho y sus dichos, estuvieron en concordancia con la reedificación de la humanidad a su estado original (CIC, 2012). Pero esto no es algo que haya sucedido hace un poco más de 2.000 años, solamente; sino que Cristo resucitó y ascendió a los cielos para ocupar el rol de Sumo Sacerdote (Hb. 4: 14, BJ) e interceder en favor de la salvación personal de cada ser humano (Hb. 7: 25). Esta redención se extiende, claro está, a toda la humanidad, “pues todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo” (Ga. 3: 26 y 27, BJ). Él “nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap. 1: 5, BJ), “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa” (II Pe. 2: 9, BJ).

Es evidente que Dios tiene en alta estima al hombre, tanto por creación, como lo manifiesta el poeta hebreo: “apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y de esplendor; le hiciste señor de las obras de tus manos, todo fue puesto por ti bajo sus pies” (Sal. 8: 6 y 7, BJ); como por redención, “porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn. 3: 16, BJ).

Pero, como explican Redden y Ryan (1967), a pesar de que mediante la razón, quizá el hombre podría llegar a la conclusión de que su naturaleza en un momento era buena, al principio, y que el pecado no tenía que ver con ella, puesto que es evidente que el estado actual de la naturaleza del hombre no está en orden. A pesar de poder arribar a esta conclusión, por la razón no puede inferir que, cuando fue creado, el hombre tenía un estado de total inocencia y que Dios concedió dones sobrenaturales y perfección, y que tal condición se modificó por el pecado. No podría conocer, mediante el razonamiento, la verdad absoluta sobre el estado original, las consecuencias del pecado ni la redención divina. “Este conocimiento cae exclusivamente dentro del dominio de las verdades proporcionadas por la revelación sobrenatural, que serían desconocidas para el ser humano de no haber sido reveladas por Dios” (p. 76).

Por esta naturaleza desordenada de la que hablan Redden y Ryan (1967), fruto de la desobediencia, el hombre tiende a olvidarse de Dios, todopoderoso y creador e, indefectiblemente, termina adorándose a él mismo o a los diversos poderes del mundo (Papa Francisco, 2015). Ha olvidado algo crucial, y es que, sólo en la religión –es decir, la re-unión con Dios- llega a ser un hombre completo (Guardini, 1987).

Por eso, Dios le mandó que no olvidara de dónde viene, recordando el sábado (Papa Francisco, 2015), día que trae a su memoria la propia dignidad humana, conferida por ser criaturas a imagen de Dios (Guardini, 1987):

Recuerda el día sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado (Ex. 20: 8-11, BJ).

Así mismo, como con el sábado, también le mandó que recordara su salvación, mediante el rito de la Cena del Señor (Tratado de Teología Adventista [TTA]. T9, 2009):

Porque yo recibí del Señor lo que os he trasmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar las gracias, lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío”. Así mismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la nueva alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebieres, hacedlo en recuerdo mío” (I Co. 11: 22-25).

Desde esta cosmovisión bíblica cristiana, Priora (2009) resume concretamente el valor del hombre afirmando que “es una persona pluridimensional; una unidad biopsicosocioespiritual” (p. 206) que tuvo un origen planificado por Dios, quien también lo renueva mediante Su poder y le da la vida eterna.

El autoconcepto desde una perspectiva psicológica

El autoconcepto está estrechamente ligado a la construcción de la identidad personal y al desarrollo general, ya que abarca componentes afectivos, cognitivos y conductuales (Mestre, Samper, y Pérez, 2001). Además, el autoconcepto, guía y capacita al ser humano para actuar de acuerdo con los roles que desempeñará a lo largo de su vida, siendo la base a partir de la cual interpretará la información autorreferente (Markus y Wurf, 1987; citado en Moreno, Resett y Schmidt, 2015).

En su análisis del autoconcepto, Kuzma (2008) lo desmenuzó en cinco áreas: autoimagen, autoestima, confianza propia, respeto propio y el valor que Dios asigna al ser humano.

• Autoimagen: Mestre y cols. (2001) dicen que las características ideales de belleza física se aprendemos del entorno; de los pares, de las expectativas familiares y de las imágenes que transmiten las publicidades, la televisión, el cine, etc. Sobre todo en la adolescencia, etapa en la que este aprendizaje suele ser más difícil. Pero, si bien es importante sentirse físicamente atractivo y es deber de los padres estimular este sentimiento en los hijos desde la infancia, dice Kuzma (2008), más importante aún es la belleza interior; la belleza de la personalidad; tener un carácter atrayente y una actitud positiva.

• Autoestima: Como la palabra lo expresa, es el valor que se tiene de uno mismo. Pero, este valor está basado en la percepción que se tiene sobre lo que los demás sienten acerca de uno. Es sentirse bien con uno mismo, porque otros se sienten bien con uno mismo (Kuzma 2008). Moreno, et. al. (2015), dicen que el incremento de la autoestima generará satisfacción emocional; mientras que, por el contrario, su disminución, se vivirá de manera negativa. Kuzma (2008) sostiene esta idea, diciendo que “la autoestima de los niños se construye o se destruye por el reflejo que ven de sí mismos en el espejo de las acciones y palabras de los otros” (p. 630).

Así, los pensamientos y la valoración que los demás hacen sobre la propia persona, son un importante elemento de retroalimentación que favorece el desarrollo y mantenimiento de la autoestima, sobre todo en la infancia. Sin embargo, estas valoraciones y opiniones de los demás, no pueden convertirse en la única referencia para la valoración personal; de lo contrario, el hombre quedaría atado a satisfacer siempre las expectativas de los otros, dejando las propias de lado, buscando constantemente la aprobación de los demás. Si se da lugar a esto, sufrirá insatisfacción, inseguridad y ansiedad (Moreno, et. al., 2015).

• Confianza propia: Bowlby (1995), explica que para desarrollar la confianza propia es fundamental una base segura. Es decir, una o más personas en las que se pueda confiar que acudirán en ayuda cuando aparezcan dificultades. Por lo tanto, las experiencias vividas, especialmente en la infancia, marcan profundamente tanto las expectativas de encontrar o no una base personal segura, como las capacidades para iniciar o mantener relaciones saludables.

Allport (1986), concuerda en que las experiencias de confianza básica vividas en la infancia temprana influyen en el desarrollo de la madurez de la personalidad; en la que se espera que el sujeto maduro controle sus estados emocionales para que no lo lleven hacia actos impulsivos, ni a perjudicar el bienestar de los demás.

• Respeto propio: Cuando los padres atienden a las malas conductas de sus hijos, los niños van internalizando el código de ética básico para su edad: no maltratar a las personas, no maltratarse ellos mismos y tampoco maltratar las cosas. Pero, también hay que enseñarles que ellos son responsables de sus propias acciones, de lo contrario, no creerán tener la necesidad de ejercer el autodominio. Fomentar la responsabilidad por las propias acciones genera respeto propio (Kuzma, 2008).

Miozzo (1968), por otro lado, sostiene que cuando al niño se le muestran, la dignidad y los valores que tiene como persona, se lo prepara para defender y desarrollar esa dignidad y valores.

• El valor que Dios asigna al ser humano: El hombre fue formado en el corazón de Dios, recuerda el Papa Francisco (2015). Cada ser humano es fruto del pensamiento de Dios; cada uno, individualmente, es querido y amado. Cada hombre y mujer es necesario (Benedicto XVI; citado en Papa Francisco, 2015).

Cuando Dios creó a los seres humanos, fueron los únicos seres en el planeta a los que les dio la capacidad de trascender su propio ser a través de la conciencia. Además, los dotó con la capacidad de comunicarse y desarrollar una relación personal con el Creador (Knight, 2015).

El autoconcepto no es algo que se configura únicamente en la infancia, sino que se extiende a lo largo de toda la vida. En la adultez, un autoconcepto positivo es la base del buen funcionamiento personal, profesional y social, aspectos de los que deriva la satisfacción personal (Esnaola, et. al., 2008).

Moreno, et. al. (2015), destacan algunas funciones específicas del autoconcepto:

1. Proveer al individuo un sentido de continuidad en el tiempo y en el espacio.
2. Desempeñar un rol integrador y organizador de las experiencias relevantes del individuo.
3. Regular los afectos.
4. Ser fuente de motivación y estímulo para la conducta (p. 56).

A lo largo de los siglos, se ha hecho de Dios y sus principios una mera forma de vida como tantas otras, quitando importancia a la trascendencia de sus preceptos. Dios es un tirano que castiga, que juzga… En el mejor de los casos, que aburre; anticuado… Y, por más que los cristianos se cansen de predicar sobre la paz y la misericordia, por más que los ejemplos sobreabunden, no son suficientes, pues todos somos víctimas del mismo aletargamiento espiritual (no, religioso), sea cual fuera la vida espiritual que se practique.

Hoy se promueve, en palabras del cineasta Woody Allen, “lo que sea que funcione”. Pero parece que nada funciona. Los matrimonios se acaban por simples disputas y deseos propios que poco tienen que ver con el compromiso recíproco. El individualismo prevalece y los niños crecen sin modelos estables para imitar. En este sentido, los padres son reemplazados a corta edad por los ídolos de la televisión y el cine, el deporte o la música, entre otros, que, generalmente, promueven el hedonismo, la búsqueda de satisfacción momentánea que reemplaza la satisfacción a largo plazo (la cual requiere paciencia, temperancia y tolerancia a la frustración); los niños crecen sin una base segura; sin referentes estables y coherentes.

Los “adultos”, cada vez más adolescentizados (etapa de la vida al que se le adjudican las valores de la vida ideal), apenas pueden manejar sus propias emociones. Pareciera que nunca terminan de madurar, sumidos en los engaños de un mundo en el que son reyes y señores, pero que es virtual (en contraste con el mundo real, que les sigue exigiendo que asuman las responsabilidades pertinentes a su edad).

La adolescencia es una etapa de la vida en que se deja de ser niño, al abrigo de los padres, para buscar la propia identidad. Si los adultos no salen de esta etapa, no podrán abrigar niños. Generación tras generación asumen principios cada vez más light y efímeros.

La fe en las instituciones sociales, políticas y religiosas está decayendo vertiginosamente. En la era del terrorismo y la comunicación, los políticos no son capaces de asegurar la seguridad pública ni privada. Los religiosos, por otro lado, tan humanos como cualquier otro, no asumen sus responsabilidades y opacan la luz que deberían ser, movidos por los propios deseos de la carne (Ef. 5: 19-21, BJ).

Las figuras paterna y materna están cada vez más deterioradas. Son cada vez más incapaces de generar un buen autoconcepto, debido a una sencilla razón: ellos mismo no tienen un autoconcepto positivo. Por más que se les enseñe a los niños, ellos solo aprenden del ejemplo.

Otra derrota para la educación

Después de muchos, muchos años, hoy di clase en la universidad por última vez.

No dictaré clases allí el semestre que viene y no sé si volveré algún
día a dictar clases en una licenciatura en periodismo.
Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook.  Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.

Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante
muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa
de recibir selfies.

Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.

Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de
lado durante 90 minutos –aunque más no fuera para no ser maleducados–
todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya
desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero
hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo
ofensivo e hiriente que es lo que hacen.

Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo
ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado.

Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en
20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no
tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo
estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les
pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde
el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?

¿Saben quién es Vargas Llosa? ¡Sí!
¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno.

Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es
como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no
existen los vegetales.

Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos.
Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó
de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más
o menos lo mismo.

No quiero ser parte de ese círculo perverso.
Nunca fui así y no lo seré.

Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible.
Justamente, porque creo en la excelencia, todos los años llevo a clase
grandes ejemplos del periodismo, esos que le encienden el alma incluso
a un témpano.

Este año, proyectando la película ‘El Informante’, sobre
dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el
salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook.

¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que
aguantarme las lágrimas!

También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la
vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente:
primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de
las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana
se sentó frente al dictador.

Les expliqué todo. Les pasé el video de la Plaza de Mayo repleta de
una multitud enloquecida vivando a Galtieri, cuando dijo: “¡Si quieren
venir, que vengan! ¡Les presentaremos batalla!“.

Normalmente, a esta altura, todos los años ya había conseguido que la
mayor parte de la clase siguiera el asunto con fascinación.

Este año no. Caras absortas. Desinterés. Un pibe despatarrado mirando
su Facebook. Todo el año estuvo igual.

Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.
Silencio.
Silencio.
Silencio.
Ellos querían que terminara la clase.
Yo también.

Fragmentos publicados en el blog El Informante, de Leonardo Haberkorn

“Dios ha muerto”

En La Gaya Ciencia, Nietzsche escribe sobre la muerte de Dios, sentenciando rotundamente “Dios ha muerto”. Mucho se ha hablado y escrito sobre esto. Para satisfacer las demandas de los lectores apurados; aquellos que se quedan con las palabras escritas y no con las ideas en ellas encerradas, me gustaría aventurarme en una sencilla explicación al respecto.

“Dios ha muerto” y si no hacemos algo pronto, va a ser demasiado tarde para resucitarlo.

Nietzsche no estaba hablando de Dios, sino de algún dios al que nosotros hemos llamado Dios. Él simplemente se refería al fin de toda concepción idealista y al fin de la metafísica occidental. La expresión “Dios ha muerto” (que Hegel la usó antes) representa, para Nietzsche, la negación de todos los trasmundos inventados por la religión, esa gran mentira que convierte la vida en una mera sombra. La idea de Dios, entendida como el fundamento del mundo verdadero, es la gran enemiga. El espíritu libre es aquél que es capaz de perderle el respeto, capaz de asumir que “Dios ha muerto”; es decir, capaz de asumir que se debe acabar con el mundo verdadero. Lo que también significa acabar con la dicotomía entre mundo verdadero y mundo de las apariencias; es decir, acabar con la metafísica y aceptar que nada debe ponerse en su lugar. De nada serviría sustituir la idea de Dios por las de humanidad, ciencia, etc.

Pero la muerte de Dios presenta una nueva dicotomía, un movimiento ambiguo: por una parte, es la condición del nacimiento del superhombre. Pero, por otra, es condición de la aparición del último hombre, que es el más duradero y el más despreciable, aquél que se contenta con un mero pragmatismo, cientificismo o tecnocracia; el que ha sustituido a Dios por su comodidad, el que ya no es capaz de despreciarse a sí mismo y cree que ha inventado la dicha. Un hombre cuya vida [sin Dios] carece de sentido, y que representa la ruina de la civilización y es la culminación de la decadencia.

Asumir la muerte de Dios implica saber que se está sin brújula, sin valores. El reconocimiento pleno de la ausencia de sentido es la condición para que pueda surgir un sentido; para que tenga curso el devenir, que no ha de justificarse fuera de sí. Esta es la base que permite la aparición del superhombre.

El superhombre es el que asume con todas sus consecuencias la muerte de Dios y no lo sustituye por otros valores (la ciencia, el Estado, la comunidad, etc.), sino que asume plenamente la vida. En este sentido, es propiamente el más fuerte, el más noble, el señor, el legislador, el auténtico filósofo, en cuanto que no precisa de unos falsos valores. Es el creador de otro sentido. No meramente el inversor del sentido de lo decadente, sino creador de nuevos valores, razón por la que aparece como un demente para los últimos hombres. El superhombre es el capaz de transvalorar los valores reactivos y contrarios a la vida que han caracterizado la historia de la cultura de occidente.

No se trata, obviamente, de un hombre biológicamente superior, ni nada por el estilo; sino que el superhombre, que es “el sentido de la tierra”, es el más real de los hombres, es el que se opone al último hombre; es decir, el que se opone al hombre caracterizado por el resentimiento contra la vida. En la medida en que “el hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el superhombre”. Sin embargo, el superhombre es solamente anunciado, ya que actualmente vivimos la etapa del último hombre.